La correa
(Ada Limón)
Después del parto de las bombas y de los tenedores y el terror, de las armas frenéticas automáticas desatadas, de la lluvia de balas sobre la multitud tomada de la mano, del cielo bestial con las fauces de chapa abiertas que se tragan sólo lo indecible de cada uno de nosotros, ¿qué queda? Hasta al río escondido de ninguna parte lo envenena de naranja y de ácido la mina de carbón. ¿Cómo podés no tenerle miedo a la humanidad, querer lamer el lecho del arroyo hasta dejarlo seco, absorber el agua mortífera en tus propios pulmones, como un veneno? Lector, quiero decirte: No te mueras. Incluso cuando un pescadito plateado tras de otro aparece panza arriba, y el país se sumerge en un cráter crepitante de odio, ¿no queda todavía algo que canta? La verdad: no lo sé. Pero a veces te juro que la escucho, a la herida que se cierra como la puerta oxidada de un garage, y todavía puedo mover mis extremidades vivas por el mundo sin demasiado dolor, todavía puedo asombrarme de que la perra corra a toda velocidad por la calle al encuentro de cada camioneta, porque piensa que las quiere, porque está segura, sin el menor atisbo de duda, de que esas cosas que hacen tanto ruido también van a quererla, su pequeño y peludo ser desbordante de deseo de compartir su entusiasmo de mierda, hasta que tiro de la correa para salvarla porque quiero que sobreviva para siempre. No te mueras, le digo, y decidimos pasear un rato más, los estorninos febriles en el cielo, el invierno que viene a dejar su cadáver helado en este terrenito. Tal vez nos la pasemos arrojando nuestros cuerpos contra aquello que nos va a destruir, rogándole cariño al tiempo que acelera y que se va, y a lo mejor, entonces, como la perra que me sigue obediente, podamos pasear juntos en paz, al menos hasta que pase la próxima camioneta.




Gracias, Ezequiel!...has enriquecido mi vision de la poesia.
fantástico